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domingo, 29 de abril de 2012

La locura del poder


Se dice que cuando Octavio César Augusto, al final de su vida buscaba candidato para sucederle, llamó a su lado (sin mucho ánimo, todo hay que decirlo) a su hijo adoptivo Tiberio; tras pasar todo un día con él, se supone que hablando de su futuro político como emperador, se oyó exclamar a Octavio, ¡pobre pueblo romano que va a caer en unas mandíbulas tan lentas!... El devenir político de Tiberio ha sido objeto de muchas interpretaciones, pero una de ellas afirma que su carácter hosco, con voluntad de rigor y austeridad, tenía mucho de teatral; su final fue el de un oscuro y sombrío gobernante, que realmente nunca quiso ser emperador y al que posiblemente el miedo a ser eliminado, volvió loco.


Nos separan casi dos mil años de su figura, pero es curioso como a veces, los estereotipos se repiten. Pueden cambiar los paisajes, la sociedad, el modo de pensar, pero de pronto vemos algo o alguien que nos retrotrae a otro tiempo y a otro lugar. El juego del poder para algunas personas pasa siempre por los mismos patrones: imponer sus criterios, halagar a sus pretorianos, controlar a sus fieles y aplastar a sus enemigos, pero fuera de esta dinámica son incapaces de gestionarlo. Para conseguir el control han cogido como perros de presa a su víctima y se complacen en que dure el suplicio, ajenos a todo lo que ocurre a su alrededor, masticando con parsimonia; a veces echan un bocado en otra dirección pero no sueltan la presa principal y siguen rumiando su rabia y su frustración. Y en esta tesitura les importa muy poco destruir lo que tienen a su alrededor y destruirse ellos mismos.


Muchas veces el poder tiene los mismos efectos que el vino: con el vino hay un solo un paso entre un alegre achispamiento y una borrachera profunda; con el poder no hay un término medio entre la cima y el despeñadero. Y en ambos casos se revelan siempre las personalidades reprimidas y atrapadas por una obsesión. Hablo de Tiberio, claro.



martes, 24 de abril de 2012

Manolo Avello, en el recuerdo



Hoy se cumplen 10 años de la muerte de Manuel F. Avello. Es curioso lo rápido que pasa el tiempo para algunas cosas y como los recuerdos ante un nombre y una fecha, renacen  con total claridad.

De Manolo Avello, que desarrolló a lo largo de su vida una fecunda obra radiofónica y periodística, (¡que tristeza hubiera sentido por el cierre de La Voz de Asturias!) rememoro aquellos artículos que eran una inyección en vena sobre la actualidad y cuyo nombre, El carbayón jovial, respondía a una declaración de intenciones, donde primaban el rigor periodístico, la ironía inteligente y un humor zumbón y muy personal. Recuerdo también aquella esperadísima carta a los Reyes Magos que todos los años llegaba de forma puntual y que firmaba Manolín, 7 años; una carta donde ponía en apuros a los políticos y personajes de la época que no habían cumplido con sus obligaciones, donde abría una larga lista de deseos esperanzados para el futuro de Asturias a la que amaba profundamente, de España y del mundo; su bonhomía era tan intensa que ovetense hasta las trancas era incapaz de desearle nada malo al Sporting de Gijón.

Recuerdo con especial cariño un encuentro que tuve con él. Había comprado un libro de recopilación de sus artículos para regalárselo a un familiar que le admiraba muchísimo y quería que Avello se lo dedicara; pregunté por él en La Nueva España, donde me dijeron que por las mañanas solía pasarse por el RIDEA y hacia allá me fui, aunque sin encontrarlo; ya me iba -un poco desilusionada- cuando al bajar las escaleras del edificio, me lo encontré subiendo; sin encomendarme a la prudencia, le asalté por sorpresa con un ¡buenos días, don Manuel!, y le expliqué lo que deseaba… La respuesta fue una sonrisa de oreja a oreja, un ¡claro, ho, con mucho gusto!, y unos minutos de conversación sin prisa sobre su trabajo que tanto me gustaba.

Echo mucho de menos los artículos que Manolo Avello escribiría, sobre lo que está pasando en Asturias, España y el mundo mundial. Serían memorables, socarrones e inteligentísimos; propios de alguien que tenía los pies en el suelo y que sabía cual era la importancia real de las cosas.  Y como esos recuerdos que te hacen sonreír, vuelven a mí, dos frases emblemáticas de sus crónicas: aquella que tras días de lluvia, especialmente en  el verano, decía que al grito de va a abrir, los asturianos miramos pal cielo y ponemos los ombligos al sol; y aquella que al final del invierno era un grito de esperanza, al anunciar ¡ya hay mimoses en el Fontán!

En estos días donde ha cerrado un periódico emblemático en Asturias, donde la televisión pública -como todo lo público- es sometida a acoso y derribo, el recuerdo de Manolo Avello me esponja el corazón. Arthur Miller decía que un buen periódico es una nación hablándose a si misma; partiendo de esta premisa, don Manuel F. Avello fue uno de sus mejores ciudadanos.

jueves, 19 de abril de 2012

Sangre, sudor y mentiras de video


Dicen que primero se coge a un mentiroso que a un cojo. Mentir es relativamente fácil, pero luego hay que mantenerlo y claro, ahí comienzan a complicarse las cosas y más en una época donde las palabras no se las lleva el viento, ni siquiera pesan con la fuerza de lo escrito, sino que están grabadas con todo detalle y corren por las redes sociales.

De todas formas el PP asume la realidad sin ningún complejo y no le importa ponerse rojo porque ya nos pondremos amarillos los demás a causa del sofocón. El panorama idílico que Rajoy prometió en los días de cielos azules y vuelo de gaviotas, se ha transformado en un sobresalto cotidiano donde esto se parece cada vez más al argumento de la película Los pájaros de Alfred Hitchcock.

La penúltima ha sido el copago sanitario, de momento concentrado en el % a pagar por los medicamentos -que no parece otra cosa que a los usuarios nos encanta hacer botellón farmacéutico-, pero veremos si pronto no nos obligarán a ir con un seguro privado entre los dientes antes de subir a una ambulancia o traspasar la puerta del hospital.

Los empresarios del sector -como los de otros sectores- se frotan las manos y afilan los dientes. No hay más que ver al señor Víctor Grifols, presidente del tercer productor mundial de hemoderivados abogar por autorizar el pago por las donaciones de plasma; en román paladino que se pueda vender la sangre. Lo dijo en Barcelona, en la escuela de negocios Esade, esa por la que han pasado ejemplares y notorios personajes ligados al caso Noos. Por si quedaba alguna duda, añadió que el pago que su empresa estaría dispuesta a dar -60 o 70 euros- por semana a un desempleado,  significaría que “sumado al paro, es una forma de vivir”. De momento no se sabe que haya sido detenido por atentado contra la dignidad de las personas. Imagino que fue sonoramente aplaudido en una entidad donde debe figurar como lema de la misma  Coge el dinero y corre.

La Federación Española de Donantes de Sangre, ha puesto lógicamente el grito en el cielo y el Ministerio de Sanidad recordó que “la donación de sangre y de componentes sanguíneos es un acto voluntario y altruista”,  pero que quieren que les diga…, vistos los antecedentes de este Gobierno, no me fío un pelo. Quien suscribe, que lleva más de tres décadas donando su sangre y tiene en usufructo los órganos de su cuerpo (como miles de personas en este país), ni se ha planteado hacer un cálculo de beneficios.

La dignidad de las personas no debería ser controlada ni por la necesidad ni por el miedo. Yo suscribo la frase que dice que nadie debe tener tanto que pueda poner a una persona de rodillas y nadie debe tener tan poco para ser obligado a ponerse de rodillas.

martes, 17 de abril de 2012

Pacto de no agresión

Después de tres semanas que oscilaron entre sonrisas de compromiso y espacios en blanco donde funcionaba eso de “ni esta ni se le espera”, PP y Foro alcanzan un acuerdo con unos elementos tan descafeinados que cabe preguntarse cuales son los puntos del mismo. El pacto alcanzado hoy, no incluye candidato a la Presidencia del Gobierno de Asturias, no incluye un plan de legislatura y ni siquiera incluye acuerdos puntuales para la misma. Es tan ligerito, tan sin sustancia, que se llama acuerdo y todavía se diluye más si tomamos en consideración las opiniones de las dos partes: para Álvarez Cascos que lleva gobernando –o eso dicen- desde Julio del 2011, es un  “borrador de programa conjunto básico por concretar”; o sea, ni carne ni pescado, algo que estira o encoge como el chicle, a gusto del consumidor. Mercedes Fernández se anima y habla de “acercamientos y alejamientos” entre ambos partidos, siempre dependiendo de futuras reuniones; tiene la misma actitud de aquél que miraba el cielo lleno de nubarrones y decía “parece que escampa”. Por cierto, esta tarde vuelven a reunirse, para seguir conversaciones, Javier Fernández del PSOE e Ignacio Prendes de UPyD.


Recuerdo un pacto en el que los firmantes se comprometieron a no atacarse ni solos ni en compañía de otros, defenderse de los ataques de los enemigos, no hacer pactos con ellos, establecer consultas sobre temas de interés común y resolver sus diferencias por la vía de la negociación. Añadieron además un protocolo secreto para repartirse el poder. A los firmantes del pacto les venía bien el acuerdo: uno obtenía tiempo para reconstruir sus fuerzas y otro quedaba en libertad de actuar en sus planes de expansión como le diera la gana. El pacto (conocido como de no agresión) iba a durar 10 años, pero no llegó a dos. Lo habían firmado los ministros de asuntos exteriores alemán -Von Ribbentrop- y  ruso –Molotov- en nombre de Hitler y Stalin.


Por supuesto, no quiero comparar a dos partidos asturianos y a sus cabezas de lista con dos tiranos sanguinarios, pero a veces la gran política y la política doméstica tienen extrañas conexiones y cuando se trata de meter presión, da lo mismo hacerlo sobre un continente que sobre una reunión política de media tarde. En todo caso pueden ustedes jugar a quien es el alemán y quien el ruso.


Hay pactos que los carga el diablo.

sábado, 14 de abril de 2012

Salud y república


Los destinos de algunas personas como los destinos de algunas naciones no deberían ser fruto del azar, sino de la capacidad de decidir de forma racional sobre su vida o sobre su historia.

España ha puesto demasiadas veces su futuro en manos del azar y las ocasiones en que ha intentado usar de su raciocinio, alguien ha venido a estropearlo. Como decía Ortega, refiriéndose a nuestro país, empezando por la Monarquía y siguiendo por la Iglesia, ningún poder nacional ha pensado más que en sí mismo.

Cuentan las crónicas que Carlos I tras prestar juramento ante las Cortes de Castilla –de muy mala gana según dicen- tuvo que escuchar el siguiente consejo: Habéis de saber, señor, que el rey no es más que un servidor retribuido de la nación. Luego, la cosa acabó como acabó en Villalar.

Ha corrido mucha agua bajo el puente de la historia y la monarquía española del siglo XXI, tiene otros mimbres, pero no parece muy responsable, con la que está cayendo en el país y en su familia, que quien ocupa la Jefatura del Estado se dedique a placeres cinegéticos y aunque supongo enterado de su ausencia al Presidente de Gobierno, la imagen transmitida a la opinión pública sea la de un crío haciendo novillos. El señor Borbón, puede hacer con su tiempo y con su dinero lo que quiera; el Rey Juan Carlos I de España, tiene que asumir que las personas con responsabilidades públicas deben observar un comportamiento ejemplar –como dijo él mismo en su discurso navideño- y manejar –digo yo- los dineros de la Casa Real que salen de los Presupuestos del Estado, con exquisito cuidado y transparencia. Es cierto que según nuestra Constitución, el Rey reina pero no gobierna, pero su vida pública y privada deben ir paralelas; no se puede ser monarca en jornada laboral de 8 a 3, igual que no se puede ocupar cualquier cargo público sin quedar sometido a unas obligaciones y a un comportamiento ético. Y aunque en algunos casos el deber y el placer van por caminos distintos, al menos a la ciudadanía le queda el amparo de la ley y en todo caso el juicio inapelable de las urnas.

Comenzada la segunda década del siglo XXI, y con lo que España lleva vivido en su historia, no está justificado que la cabeza de la nación esté ocupada por alguien que basa su derecho en legitimidades históricas y dinásticas. Ese lugar debe ser ocupado por una persona en quien delegue su poder soberano, a través de unas elecciones democráticas, la ciudadanía de este país.

SALUD Y REPÚBLICA 



viernes, 13 de abril de 2012

El arte de destrozar una región


La política y el  teatro tienen a veces interesantes puntos en común.

Hace ya algún tiempo, Andrés Presumido presentó la versión española –o asturiana si se quiere- de una comedia que estrenada en el Royal National Teather de Londres había tenido un éxito arrollador y a la sazón se estaba representando en los mejores escenarios de todo el mundo. La obra, El arte de destrozar una comedia, cuenta la historia de una compañía bastante mediocre, que lleva a las tablas una infumable farsa titulada ¿Dónde tengo la sardina? El autor del texto original es Michael Frayn y existe también una versión para el cine de Peter Bogdanovich.

La gracia de la obra dirigida por Presumido, radicaba en que los espectadores veíamos en el primer acto el infumable vodevil que la mediocre compañía presentaba, en el segundo podíamos asistir a lo que pasaba por detrás, entre cajas, y la pésima relación entre los actores, y por fin, en el tercero, al caos originado por todo lo anterior. Desde luego el trabajo de actores y actrices era extraordinario, así como el esfuerzo físico y creativo.

Estos días El arte de destrozar una comedia ha vuelto a mi memoria, porque que me ha dado por pensar (tontunas que a veces se le ocurren a una) que pasaría si los asturianos hubiésemos podido asistir ya no digo desde Mayo del año pasado, sino desde comienzos de éste, a la puesta en escena de una farsa cómica, representada por Foro y PP, y luego, en un magnífico cambio de escenario, contemplar la realidad de lo que pasaba por detrás y el caos consiguiente al tratar de realizar la representación por encima de todo. Tendríamos un primer acto (un poco pomposo todo hay que decirlo) con promesas de sacrificios personales, compromisos sin interés, entrega hasta la extenuación, oferta de diálogo, colaboración en pro del bien común y defensas numantinas; el segundo acto, estaría repleto de acusaciones de traición e infidelidad, zancadillas, empujones, envidias cainitas, disposiciones de ordeno y mando, insultos y agravios; en el tercer acto, mascándose el desastre, habría tiempo para advertir las sonrisas forzadas, los silencios cómplices e interesados, el deseo de complacer al rival para salvar el pellejo y la falta de interés por el éxito de la representación. ¡Cómo disfrutaríamos los espectadores!, ¡que risas!, ¡que diversión!

Lástima que el teatro y la vida sean cosas parecidas en las formas pero muy distintas en el fondo. Lástima que unos mediocres personajes compongan una mediocre farsa titulada, No quiero dejar el sillón, detrás de la que se esconde la verdadera tragicomedia, El arte de destrozar una región.

Parafraseando a Groucho Marx, los protagonistas de esta historia, no saben como llegaron a brillantes políticos, pero en cualquier caso, se han ganado muy bien la vida durante años, haciéndose pasar por ellos.

lunes, 2 de abril de 2012

Varas de Medir

Ya sabemos como cambian las cosas cuando uno deja de ser  oposición y pasa a ser gobierno y como la diferencia entre blanco y negro alcanza infinitos matices de gris. La gente del común está tan acostumbrada a esto, que en la mayoría de las ocasiones lo acepta con un encogimiento de hombros y la expresión resignada de “son cosas de políticos”, aunque yo creo que más bien lo son de farsantes.

Mariano Rajoy, expresó en su día con la fuerza de un juramento que los españoles tenían derecho a ser felices y junto a sus fieles, declararon guerra a muerte contra la mentira “porque ellos no sabían mentir”… Pero ni la felicidad ni la verdad suelen ser  compañeras de viaje del PP que cuando gobierna -Aznar dixit- lo hace sin complejos. Rajoy, Cospedal, Saéz de Santamaría, González Pons…, ellos y ellas, negaron por activa, pasiva y perifrástica, que tuvieran un programa oculto contra los intereses de los ciudadanos, negaron que fueran a subir impuestos, negaron que fueran a abaratar el despido, negaron que fueran a recortar ayudas a la formación y a la contratación, negaron la congelación de sueldos a los funcionarios, negaron el recorte de las ayudas sociales… Negaban con tanta vehemencia, anunciaban con tanta claridad el caos si no lograban el poder, que consiguieron poner de su parte a un numero significativo de ciudadanos; cuando a alguien del PP se le preguntaba por temas candentes, ponía cara de beatífica mansedumbre, asumía el papel de persona perseguida por su compromiso y sin ruborizarse siquiera, se apoyaba en la simpleza de quienes prefieren creer mentiras a reconocer que se les está mintiendo.

Pero ya dijo Lincoln que nadie tiene la memoria suficiente para mentir siempre con éxito; y menos en esta época digo yo, donde se puede echar no sólo mano de hemerotecas sino de videotecas y donde rechinan las imágenes en las que se les ve negando que no van a darnos el brebaje que acabamos de tomar. Especialmente si ya han salido a la luz algunos intentos de consolidar en puestos de prestigio monetario a conyugues y afines. La penúltima tarascada, es el recurso a una amnistía fiscal para recaudar 2.500 millones de dinero negro que con eufemismo se llama Programa especial de regularización de activos ocultos. Cuando en 2010 el PSOE propuso algo similar, los primeros espadas del PP y entre ellos Mª Dolores de Cospedal, la consideraron “impresentable, injusta y antisocial” y Rajoy la denominó “la última ocurrencia del gobierno de Zapatero”…, aunque ahora acudan a la OCDE y al mismísimo Felipe González, para explicar las bondades de la medida, que supone que van a dejar irse de rositas a quienes se han hecho de oro con las vacas gordas y no van a perder casi nada con las flacas, mientras millones de personas en este país, las están pasando canutas. Eso sí, la dureza de las medidas y el recorte a los Presupuestos, no es culpa suya sino de los “errores del pasado” de otros, porque ellos, como las mujeres honradas y los pueblos felices, no lo tienen. ¡Ya les vale!

Dicho esto, no me sorprende que entre cierta clase política haya gente que no cambia sino que disimula o miente hasta que no hay peligro en quitarse la careta y mide sus acciones y reacciones, con una vara muy distinta de la que utiliza para medir las de sus contrarios; pero lo que me causa estupor es que un gran número de ciudadanos sufra una crisis de desmemoria, y siga –con la que está cayendo- encogiendo los hombros y asumiendo que no hay nada que hacer o alardeando de su abstención.  


Decía Arnold J. Toynbee, que el mayor castigo para quienes no se interesan por la política es que serán gobernados por personas que sí se interesan. Cuando se caigan del guindo, a mí que no me pidan daños y perjuicios.