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martes, 2 de octubre de 2012

Urbina, in memoriam


Hoy los mierenses nos hemos quedado -en estos tiempos malos para la épica, la lírica y el arte en general- un poco más empobrecidos; hemos perdido la mirada, las manos de Urbina.

A lo largo de su trayectoria artística, Urbina fue construyendo una manera de interpretar el mundo que acabó entrelazado con su itinerario vital, hasta no saber donde comenzaba el hombre y terminaba el pintor o viceversa. Le dije una vez, mientras visitaba una de sus exposiciones, que la luz de sus cuadros era la misma de la Asturias que yo amaba, una luz crepuscular, recogida, casi religiosa… Tuvo la deferencia de sonreír agradecido y perdonar el atrevimiento analítico al que le sometía, quizás porqué quien trabaja observando lo que le rodea, comprende muy bien la variedad infinita de las formas de contemplarlo.

En este sentido, Urbina interpretó con pincel vibrante, el mundo de la mina, donde los castilletes semejan catedrales, hay grupos familiares tocados por lo divino y mineros que se hermanan con Cristos dolientes. Si alguien supo transmitir la dignidad, el sufrimiento, la nobleza y el coraje de las gentes mineras, fue Inocencio Urbina. Quizás convendría más que invitar al Sr. Soria a visitar el Concejo, enviarle un catálogo del  pintor mierense (un cuadro sería una pérdida material) para que se inyecte directamente en vena, el latido vibrante del carbón.

Se cierra el ciclo vital de Inocencio Urbina, que deja a los suyos desolados, pero la docencia que impartió y la obra que nos lega, dice en cada uno de sus trazos que consiguió lo que muchas personas desearíamos, contribuir a la belleza del mundo que le tocó vivir.