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miércoles, 29 de julio de 2020

Sobre rosas, espinas y caballos de Troya


Tras un largo tiempo de pausa en este blog, lo retomo. La sensación de que escribía para mí misma, sin más transcendencia, me hizo perder interés por rellenar la hoja en blanco, pero después de lo que hemos vivido y estamos viviendo con la Covid19,  quizás sea el momento de enfocar la mirada y seguir analizando el mundo que me rodea con muchos cambios, bastantes contradicciones y muy pocas certezas. En el fondo seguiré escribiendo para mí misma, pero también como una terapia regeneradora.

Mi última entrada -si obviamos ésta- es de octubre de 2016; entonces Pedro Sánchez, dimitía de su cargo de Secretario General del PSOE, renunciaba a su acta de diputado y comenzaba su particular travesía del desierto, acompañado de un puñado de fieles.  Los meses anteriores habían sido una prueba de resistencia que había fracasado: los resultados de las elecciones de diciembre de 2015, dejaban un Parlamento fragmentado y débil, que propició en febrero una investidura fallida del diputado socialista, como presidente de Gobierno y que condujeron a nuevas elecciones en Junio, con  unos malos resultados en la historia electoral del PSOE, que llevarían a una crisis interna dentro del mismo. Aquella situación, fue el fruto de escuchar más a los adversarios y a los falsos amigos, que a los militantes y a los compañeros.

Menos de un año después, Pedro Sánchez regresaba como el ave fénix con la difícil tarea de cerrar heridas y aunar voluntades. ¿Lo ha conseguido? Me declaro socialista y creo que el lapso entre el 1 de junio de 2018 y el momento actual, ha estado lleno de claroscuros: un gobierno débil salido de la moción de censura a Mariano Rajoy, que supuso la apertura de un nuevo proceso electoral, unos buenos resultados en las elecciones de abril de 2019 y otra vez el peligroso juego del gato y el ratón de Pablo Iglesias Turrión, que prefirió dispararse un tiro en el pie en un mal calculado juego de poder, lleno de soberbia y vanidad.  Ello conllevó nuevas elecciones en el mes de noviembre y sus resultados, aún con la victoria nuevamente del PSOE, supusieron un Parlamento más fragmentado, la pérdida de escaños absolutamente necesarios para realizar políticas estables y progresistas y, dotar de un balón de oxígeno a la extrema derecha oculta del PP y a la perfectamente visible de Vox.

Ahora mismo, el hecho de que se haya conseguido formar un Gobierno de coalición de carácter progresista, no me produce un sosegado optimismo. Pablo Iglesias Turrión, sigue sin gustarme, ¡que le vamos a hacer!; puede que haya que aceptar la premisa de que las personas tienen derecho a cambiar, pero alguien que en 2016 gritaba a quien quisiera oírle, que él era el salvador de la gente y el PSOE se aliaba con la corrupción, alguien que de forma constante sacaba a pasear el mantra del sorpasso por la izquierda, alguien que antepuso sus intereses a los del país por dos veces -en febrero de 2016 y en junio de 2019-, me causa muy poca confianza. No sé si el cambio de actitud del líder de Podemos, ha sido por el convencimiento interno de su error o por la idea de que se iba a fagocitar a sí mismo y a su partido, pero no le veo cómodo en el traje que lleva y creo que todavía no se ha dado cuenta que en la ópera política que se está interpretando, puede tener algún solo, pero es una labor de conjunto. Los resultados en las elecciones autonómicas de Galicia y el País Vasco, que ha obtenido  Podemos y la reacción de su líder, me reafirman en la idea de que  Iglesias Turrión sigue más pendiente de que su partido no se desmorone que de las responsabilidades de gobierno; y sobre todo ese baile de elección de parejas, que se trae en el Congreso, me produce bastante desasosiego porque el país no está para que le pillen con el paso cambiado.

Tampoco acrecienta mi optimismo, que a Pedro Sánchez y a su amplio gabinete, les haya tocado lidiar con la pandemia de la Covid19 de consecuencias tan graves. Apenas comenzando a gobernar tuvieron que hacer frente a una situación para la que nadie, ni dirigentes ni ciudadanos -se diga lo que se diga- estaban preparados; críticas ha habido muchas dentro y fuera de la escena política, pero a día hoy, sin saber cómo va a evolucionar la enfermedad, tienen por delante una muy complicada legislatura para establecer unas líneas de actuación -en parte comenzadas- que sirvan para recuperar el pulso vital en nuestro país, tarea a la que no ayuda el vocerío fascista y la bulla interesada del nacionalismo. La última votación en el Congreso respecto a la Comisión de reconstrucción sobre los aspectos sociales, nos puede dar una idea del difícil equilibro para conseguir avances en beneficio de la sociedad.

Es un triste consuelo decir que de haber estado gobernando otros, las cosas hubieran ido mucho peor, porque en toda crisis, superado el shock inicial debe haber un plan de acción definido, sin derivas pero con cierta flexibilidad para encajar los imprevistos y sin miedo de reconocer los posibles fallos o errores, que bien explicados se entienden como propios de una situación de emergencia; porque si hay algo que molesta a la gente es que la tomen por idiota. En algunos momentos he visto al señor Sánchez un poco encorsetado y con afán de no salirse del guión, pero sin pretender que hubiera asumido labores propias de la Jefatura del Estado, comparecer en alguna alocución con un tono de "discurso a la nación" no hubiera estado mal en ciertos momentos; para los datos áridos y técnicos ya estaban otras personas y una pandemia tiene poco que ver con una campaña electoral o una estrategia de partido diseñada por un javierista al servicio del mejor postor, sean cual sean los colores de la cuadra.

En 2016, yo pedía que el PSOE aprendiera de lo vivido, como experiencia vital y que asumiera tres puntos básicos: un líder fuerte y bien coordinado con un Comité Federal capaz de transmitir una voz única, una militancia numerosa, unida y responsable a la hora del voto y,  una alternativa  de gobierno seria y creíble, basada en la coherencia de ideas y actitudes que sirviera para dotar a España de un gobierno progresista... En apariencia parece que se ha conseguido, pero sigo teniendo dudas de la capacidad de no cometer los mismos errores, de no saber separar el grano de la paja cuando se producen críticas aceradas y de dejar que en el corazón del partido se instale un quinta columnista o  un caballo de Troya.