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domingo, 13 de septiembre de 2015

El síndrome de Robespierre

Decía Manuel Azaña, que si los españoles habláramos sólo y exclusivamente de lo que sabemos, se produciría un gran silencio que nos permitiría pensar. Estoy segura de que si el que fuera presidente de la República española, escuchara el incesante parloteo de algunos sobre la idiosincrasia republicana, rogaría otra vez mutismo y reflexión.

Hay personas que como fanáticas de la ideología que han abrazado, mezclan churras con merinas y confunden el culo con las témporas, olvidando los principios democráticos esenciales de respeto hacia el resto de la ciudadanía que no piense como ellas. Y si esto vale con respecto a lo deportivo o musical, cuando se refiere a la política, y especialmente a la política local, el fenómeno fan alcanza niveles de ridículo: las estrellas no se atreven al descontento de sus seguidores o de sus posibles aliados y como decimos en Asturias, agachen les oreyes, ante quienes manejan resultados electorales y votos cosechados como objeto de presión, para obtener lo que quieren sobre los derechos de los demás, e incluso como excelsos augures, se atreven a interpretar la opinión ciudadana expresada en las papeletas afines y no afines. O lo que es peor, a pensar que esas papeletas les dan el derecho a hacer lo que les dé la gana, que por otra parte no deja de ser el paso a un gobierno que controle lo que debe o no debe darse a los ciudadanos. Y es que hay personas que imbuidas de tener de su lado la verdad y la razón, acaban convirtiéndose en un peligro para la democracia y la libertad que dicen defender; de eso, a ver enemigos por todas partes, propiciar un partido único y convertir una mayoría absoluta en una dictadura, hay un paso.

No hay nada nuevo bajo el sol, ya lo dijo Robespierre, cuando superado lo de Libertad, Igualdad y Fraternidad, se vio a sí mismo como el padre de la República, desató el Terror y dijo aquello de que “…bajo el régimen constitucional es suficiente con proteger a los individuos de los abusos del poder público; bajo el régimen revolucionario, el propio poder público está obligado a defenderse contra todas las facciones que le ataquen. El gobierno revolucionario debe a los buenos ciudadanos toda la protección nacional; a los enemigos del pueblo no les debe sino la muerte”.

Lo más lamentable de todo el asunto, es que quienes deberían  gobernar para toda la ciudadanía, van del bracete con los que no alcanzan más allá de la parafernalia externa de banderas, chapas y felpudos tipo república independiente de mi casa y que estoy segura, si les invitaran a un cóctel monárquico, perderían las calzas por acudir y salir en el Hola. Desde luego a años luz de quienes respetan los principios constitucionales vigentes en nuestro país en cuanto a la forma de Estado y que si se plantea un debate sobre la misma, aportarán rigor intelectual, pros y contras.

Eso sí, si alcanzamos la III, ya vendrá algún majadero con toda la cuerda, a fastidiarnos la visita de la Guardia Republicana “por su ensalzamiento del militarismo” o cualquier nonada similar. Es lo que yo llamo el síndrome de Robespierre.




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