domingo, 3 de febrero de 2013

De amigos y familiares


La historia, a veces, es un largo pasillo de ida y vuelta y según que circunstancias conviene darse un paseo por él.

Tras la muerte de Fernando VII, su viuda Mª Cristina, se casó morganáticamente, con Fernando Muñoz Sánchez al que concedería el título de Duque de Riansares. El marido de la Reina Regente, se metió de lleno en negocios de todo tipo vinculados con el mundo de la minería y el ferrocarril, donde firmó contratos sabrosísimos de explotación y obtuvo prebendas por concesiones, dirigiendo una red de especuladores, desde la que controló la adjudicación del ferrocarril de Langreo, las obras del puerto de Barcelona, las de canalización del Ebro o la construcción del puerto de Valencia; también se dedicó a especular con la sal y participó en beneficios derivados de la trata ilegal de esclavos, en los que figuraba la propia Regente. Sólo cinco años después de su matrimonio, el ennoblecido guardia de corps, había colocado y dignificado con títulos a gran parte de  su familia, controlaba un sinnúmero de sociedades encabezadas por otros tantos hombres de paja,  y tenía una fortuna cercana a los trescientos millones de reales, que sin contar con las devaluaciones y revalorizaciones, equivaldría hoy a 75 millones de pesetas o lo que es lo mismo, a 450.000 euros. Ante la  corrupción, Mª Cristina tuvo que renunciar a la regencia para salvar el trono de su hija, Isabel II, aunque ella y su marido, seguirían mangoneando desde la sombra.

A Isabel II, metida también en líos financieros junto a su esposo y primo, Francisco de Asís, tampoco le faltaron relaciones resbaladizas: su cuñado, Antonio María de Orleans, duque de Montpensier, aprovechó la ola desamortizadora para hacerse con un más que notable patrimonio territorial e inmobiliario; y en el curso de sus relaciones económicas y políticas tuvo tiempo para conspirar contra la reina y financiar una revolución; de hecho fue parte importante en el exilio de Isabel, aunque el tiro le salió por la culata cuando se vio relegado en el trono por Amadeo de Saboya y por el peso de la sospecha de haber participado en el complot para asesinar a Prim. Pero el de Orleans era desde luego un todo terreno: se congració con su familia política, se sumó a la Restauración, casó a su hija Mercedes con Alfonso XII y siguió siendo un próspero hombre de negocios.

La muerte de Alfonso XII y la larga minoría de Alfonso XIII, no ayudaron a cambiar las cosas y la alternancia de partidos propició el clientelismo político, el caciquismo y la corrupción desde los alcaldes hasta la cabeza de la nación. El propio Alfonso XIII, se metería en todo tipo de negocios y amistades peligrosas, cuyo vértice fue la guerra de Marruecos donde los niveles de sobornos y corruptelas ligados a los suministros a la tropa, se mezclaron con la sangre y la vida de los soldados. La comisión de investigación y el llamado “informe Picasso” se los llevaría por delante la dictadura de Primo de Rivera, que fue una salida de emergencia para el rey, aunque ya estaba tocado y hundido.

La República no pudo o no quiso (según los casos) enmendar la situación y la guerra civil, cerró en falso sobre las viejas corruptelas que como las epidemias recurrentes, rebrotaron durante la dictadura alrededor de políticos afectos al régimen, amigos y  familiares que se repartieron las sobras frente al cadáver del dictador.
Fue precisamente el hecho de que Franco se muriera en la cama, lo que nos hizo blanditos y comodones, hasta el punto de que salvo casos puntuales de fibra libertaria, dejamos que nos diseñaran una transición política a tono con los tiempos y nos insertaran en los genes  la convicción que por fin nos habíamos enganchado a la modernidad, y eso, a pesar de los años de plomo del terrorismo, los brotes neofascistas y los sustos cuarteleros; después, la entrada en la estructura política y económica de Europa y la consolidación del estado de bienestar, pareció darnos la seguridad de ser europeos cosmopolitas, capaces de superar la caspa y los complejos históricos. Pero entre la crisis y los bribones que nos rodean, no ganamos para disgustos.

Tenemos desde hace meses en lugares destacados de los medios de comunicación, el escándalo del duque de Palma (se ve que los Borbones no tienen suerte con los duques) que ha confundido lo público con lo privado, prostituido  su posición social y reunido en torno de sí a una corte de truhanes con los que intercambiaba favores monetarios y juegos de palabras de mal gusto; claro que en su descargo se puede decir que sólo siguió el dicho de donde fueres haz lo que vieres. La Jefatura del Estado, por muy monarquía constitucional que se denomine, la ocupa una persona que basa su derecho, en la sucesión natural de una dinastía histórica y no en el voto libre y directo de la ciudadanía española. Con el paso de los años, que no parecen haberle dado más sentido común, el Rey, olvidando la lección de sus antecesores, se ha rodeado con relativa frecuencia de amigos y actividades no muy recomendables, con la certeza de que la Constitución, en lo que se refiere a su responsabilidad y cierta simpatía borbónica (aquél “lo siento mucho, no volverá a pasar”) no le hace responsable de sus actos ni de los que le rodean.

Por si esto fuera poco, una sociedad aplastada por los recortes, los despidos, los ajustes y el apoyo a las grandes fortunas y, a los especuladores financieros y empresariales, ha visto como el poder de una mayoría absoluta se convierte en la práctica del absolutismo y se secuestran los votos obtenidos con engaños y trapacerías para gobernar (como si hubiéramos viajado en el tiempo) en beneficio de los privilegiados que están convencidos de que el fin justifica los medios

Los acontecimiento de los últimos días prueban esto de forma irrefutable. No cometerán la tontería de controlar toda la información y toda la protesta social, pero convencidos de que el sistema tiene que convertirse en una plutocracia, trabajarán por canalizar a su favor los medios de formación de ideas para impedir que la ciudadanía tenga conciencia de sus propios problemas y los resuelvan en beneficio de sus necesidades. Un ejemplo lo tenemos en salir agitando declaraciones de patrimonio e impuestos, como si en ellas hubiera un apartado que pusiera “ingresos irregulares”; otro ejemplo es acusar a quienes protestan, de ser agitadores contra el partido, España y la mismísima democracia. Todo vale para salvar su posición; ya lo decía Tony Montana: en este país lo primero que hay que tener es dinero; cuando tienes dinero tienes poder.

Después de tanto recorrido, como sociedad no podemos dejar que esa manera de pensar nos contagie y para no parecer pardillos busquemos la supervivencia frente a los más débiles; no podemos dejar que nuestro camino se estrelle contra un muro de corrupción y desvergüenza. Práxedes Mateo Sagasta, de larga experiencia presidencial y que anduvo incluso por el filo de la navaja, pensaba que cuando se cierran las puertas de la justicia se abren las de la revolución.

CODA: al menos el señor Álvarez Cascos, no es presidente del Principado de Asturias. 

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