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miércoles, 5 de agosto de 2020

...vinieron estos lodos

(Segunda parte)

Este pueblo {España} necesita diversiones, pero no espectáculos. (Jovellanos)

A veces siento la sensación de que la historia es como un pasillo de ida y vuelta; al final acabas por cruzarte con las mismas personas una y otra vez y claro, una cosa es continuar la historia y otra repetirla, por lo que ir  de déjà vu en déjà vu, acaba por resultar agotador. Vale, nos metimos de lleno en la II República con el entusiasmo que tenemos los españoles para los “viva” y para los “muera” y el país tenía demasiados problemas para lidiar además con una Iglesia medieval, una oligarquía económica que no quería perder sus privilegios y un Ejército en su mayor parte ignorante y cuartelero. La cosa terminó de la peor manera posible: un golpe de estado fracasado, una guerra civil y una dictadura que dejaron una sangría inmensa en pérdidas humanas, en pérdidas intelectuales y en derechos y libertades. Y lo cierto es que, salvo algunos pulsos con Franco, el dictador se nos murió en la cama y dimos tiempo a los afectos al régimen a que se repartieron las sobras frente a su cadáver.

Tampoco fue muy airoso el papel que jugó Juan de Borbón, -arropado por su Consejo Privado- que como Jefe de la Casa Real española, había intentado borbonear con Franco para colocarse en la línea sucesoria del General. El tercer hijo varón de Alfonso XIII (sus hermanos mayores habían renunciado a sus derechos dinásticos) había manifestado simpatía claramente manifiesta hacia el bando rebelde primero, hacia Franco después y hacia la Alemania nazi como intermediaria en su carrera hacia el trono; sólo cuando la II Guerra Mundial cambió de curso y los aliados caminaban hacia la victoria, se manifestó contrario a la dictadura. En los años siguientes, el Conde de Barcelona -título ligado a los reyes de España- jugó sus bazas para conseguir sus propósitos, pero el cambio de política internacional y  la tolerancia interesada hacia Franco en plena Guerra Fría, cerraron el paso a su ambición, que le llevó incluso a buscar el apoyo del carlismo. Tuvo que aceptar que su hijo Juan Carlos, se educara en España bajo la tutela política de Franco y sus relaciones con éste, fueron a partir de ese momento, ásperas. Ni el dictador ni el pretendiente se fiaban uno del otro, como lo demostró Franco cuando de forma sorpresiva nombró a Juan Carlos sucesor a la Jefatura del Estado a título de rey, lo que significó una ruptura entre padre e hijo, que no se arregló hasta 1977, dos años después de la subida al trono de Juan Carlos, cuando el Conde de Barcelona cediera sus derechos dinásticos; una abdicación en petit comité. En 1993, el actual rey emérito, se lo compensaría enterrándole con honores reales en el panteón del Escorial, bajo el nombre de Juan III. 

Me pregunto ahora, recién comenzada la segunda década del siglo XXI, si la ciudadanía española, nos dejamos deslumbrar por el diseño de una transición política a tono con los tiempos: después de la opresión de la dictadura, la integración en la Europa moderna y democrática; frente a los Principios Fundamentales, la Constitución del 78 que garantizaba los derechos, asentaba los deberes, separaba los poderes, regulaba el papel de la Corona, reconocía el pluralismo político y levantaba los pilares para que se asentara una Administración flamante y eficaz; de un dictador balbuceante rodeado de una guardia pretoriana, a un joven rey que parecía alejarse claramente de su padre político. No había color. Es cierto que tuvimos que atravesar los años de plomo del terrorismo, los brotes neofascistas y los sustos cuarteleros, pero la entrada en la estructura política y económica de Europa y la consolidación del estado del bienestar, pareció darnos la seguridad de que habíamos crecido como Nación, aunque fuera más desde el juancarlismo que desde la monarquía constitucional. 

Parafraseando a Lennon la historia es aquello que te pasa mientras estás haciendo otras cosas y así, se nos han ido 42 años, mientras todos envejecíamos, incluida la Constitución, porque comienza a tener algunos achaques y convendría dotarla de un aire más flexible, menos ambiguo y contradictorio, ya que no parece muy justificado que la cabeza de la Nación esté ocupada por alguien que lo basa en legitimidades dinásticas y para rematar se anteponga el varón a la mujer, lo que choca de lleno con la igualdad de derechos entre sexos. En todo caso, ya es hora de que quien ocupe ese puesto lo sea en quien delegue la ciudadanía de este país a través de unas elecciones y del voto personal y secreto y, por supuesto, que responda ante los ciudadanos de su gestión en el desempeño de sus funciones. 
 
En este tema, la Constitución del 78 -o mejor dicho sus redactores- no estuvieron finos. Tiene influencias de muchas Constituciones, entre ellas la de la II República española, pero en el tema de las responsabilidades de la cabeza de la nación, hay una notable diferencia: 

(Constitución de 1978)

Artículo 56
La persona del Rey es inviolable y no está sujeta a responsabilidad. Sus actos estarán siempre refrendados en la forma establecida en el artículo 64, careciendo de validez sin dicho refrendo

Artículo 64
1. Los actos del Rey serán refrendados por el Presidente del Gobierno y, en su caso, por los Ministros competentes.
2. De los actos del rey serán responsables las personas que los refrenden.

(Constitución de 1931)

Artículo 84 
Serán nulos y sin fuerza alguna de obligar los actos y mandatos del Presidente {de la República] que no estén refrendados por un Ministro... Una ley de carácter constitucional determinará el procedimiento para exigir la responsabilidad criminal del Presidente de la República.

Las cosas para Juan Carlos I, que en su vida privada llevaba años haciendo como sus antecesores, lo que le salía de la punta de la Corona, comenzaron a complicarse a fines de 2011.  El señor Borbón, podía hacer con su tiempo, con su dinero y con sus relaciones, lo que quisiera, por supuesto de forma legal; el Rey Juan Carlos I de España, tenía que tener asumido que manejar los dineros de la Casa Real que salen de los Presupuestos del Estado, debe hacerse con exquisito cuidado y transparencia. El escándalo del duque de Palma (se ve que los Borbones no tienen suerte con los duques) trufado de confundir lo público con lo privado y de reunir en torno suyo a truhanes con los que intercambiaba favores monetarios y juegos de palabras de mal gusto, fue el primer toque de alarma de lo que era la punta del iceberg. Al fin, Iñaki Urdangarin solo siguió el dicho de "donde fueres haz lo que vieres". En el discurso de Navidad, tras apartar de la familia real a su yerno y a su hija, se permitió decir que “las personas con responsabilidades públicas deben observar un comportamiento ejemplar” y que “todos eran iguales ante la ley”, lo que visto desde las circunstancias actuales no era más que un intento de salvar más que el prestigio de la Corona como institución, el propio culo del monarca y sus múltiples trampas personales y económicas, que ahora -cuentas secretas, opacas, comisiones…-han quedado a la vista.  

Juan Carlos de Borbón ha vivido durante décadas de los réditos del juancarlismo -alimentado por sus consejeros-, de su toma de posición durante el 23F -que supuso saber inclinarse del lado adecuado- y de su “campechanía borbónica” -que tanto alabaron sus cortesanos en aquél “lo siento mucho, no volverá a pasar”- pero el paso de los años, no parecen haberle dado más sentido, ni de estado ni común, abdicando porque no le quedaba otra si quería apuntalar a Felipe VI en el trono, frente a una sociedad aplastada por los recortes, los despidos, los ajustes y el apoyo a las grandes fortunas y a los especuladores financieros.  Ahora, en plena crisis económica y sanitaria, se apoya en "el legado y la dignidad personal" para justificar sus errores personales y lo que es más grave, los chanchullos económicos, y sin un atisbo de vergüenza, apela al "espíritu de servicio" para salir por pies y eludir responsabilidades. Dice que sólo quiere “lo mejor para España" , pero este deseo sólo ha sido desde hace muchos siglos, lo mejor para la dinastía de turno. 

Práxedes Mateo Sagasta, de larga experiencia presidencial y que anduvo incluso por el filo de la navaja, pensaba que “cuando se cierran las puertas de la justicia se abren las de la revolución”. Creo que una revolución nos pilla mayores, pero podemos empezar a plantearnos  en serio, una amplia reforma constitucional. 

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