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miércoles, 3 de febrero de 2016

Sobre déspotas ilustrados y revolucionarios de salón


Como historiadora, tengo eso que se llama deformación profesional y según y cómo que circunstancias sociales y políticas, soy propensa a los “déjà vu” o dicho en castellano de andar por casa, “esto me suena”.

Estos días, abrir los periódicos es una gozada, no por la situación postelectoral  que vive esta España mía, esta España nuestra, sino porque tengo ejemplos a montones, para demostrar a mi alumnado, que la Historia es un pasillo de ida y vuelta y que hay políticos que en cuanto la oposición les toca las gónadas, se ponen estupendos y lo mismo abrazan con entusiasmo el Despotismo Ilustrado que intentan montarte un Parlamento jacobino, eso sí, siempre enarbolando la bandera del electorado que les ha votado, al que tanto deben y que tanto quieren.

No es extraño que algunos grupos y los políticos que los forman se hagan un lío y confundan los votos con patentes de corso y se crean aquello que dijo Luis XIV, “el Estado soy yo”. Bien lo ha demostrado el PP a lo largo de los últimos cuatro años, pero también algunos grupos políticos –viejos y nuevos- que presumiendo de demócratas de pata negra, se quedan en aprendices de déspotas.

Si además el Estado queda reducido a una villa concejil, algún regidor con sus ediles a la cabeza, puede tener un subidón de Despotismo Ilustrado, reducir a la mínima expresión los espacios de información y debate, imponer por fas o por nefas su programa de gobierno, y sí acaso, consultar al pueblo soberano, pero poquito, en asambleas dirigidas, con las cartas marcadas y sonriendo bonachonamente mientras se piensa, “todo para el pueblo pero sin el pueblo”, con gran algarabía de quienes para alcanzar el poder se llenaron la boca con eslóganes de paredes de cristal, que se han quedado en un muro que ni el de Berlín y cuyas promesas de consultas vecinales, como dice la canción “nunca fueron de verdad”. En todo caso, los conceyos abiertos, están muy bien cuando hay voluntad, capacidad y gestión eficaz; si eso se sustituye por una acusada egolatría y una inacción en el trabajo, la cosa se asemeja bastante a los Cuadernos de Quejas, estilo Antiguo Régimen, que nunca pasaron de papel mojado, de engañifa para mantener al pueblo entretenido y que no diera la lata. Hasta que el pueblo se harta, claro. En la villa concejil, munícipe hubo, que en cuanto llegó y se colgó la medalla corporativa, entró en estado de gracia y todavía no debe haberse enterado que la Casa de Ayuntamiento es la representación de toda la ciudadanía y no está al albur de caprichos, ocurrencias o vendettas. Sería curioso que quien prometiera el cargo con el espíritu del gorro frigio, tuviera que asumir el papel de marqués de  La Rochefoucauld,  aquél que le dijo a Luis XVI, cuando le preguntó si era una algarada, los ruidos que le habían despertado en su Palacio de Versalles, “no, Sire, es una revolución”. A tanto no se llegará en la villa concejil, pero las algaradas de su historia, y alguna con mimbres de insurrección, han sido notables.

Claro que los levantamientos tienen a veces su contrapartida. El otro día, sin ir más lejos los podemitas de Iglesias Turrión, protestaban por su lugar en la Cámara de Diputados, como fervorosos montañeses de la revolución francesa, unidos en torno a su líder, aferrados a la pureza republicana, obsesionados por la Razón y la Virtud, rodeando al Incorruptible y viendo enemigos del pueblo por todas partes; hablo claro de los partidarios de Robespierre, no de Iglesias Turrión… Pero ya se sabe cómo lían las cosas los demonios ociosos; se comienza por defender la res pública y se acaba por crear una Dictadura, cargarse a medio país y parir un Bonaparte.

Con estas cosas de la política hay que andarse con cuidado. Hay muchos aprendices de brujo que se ponen a mezclar sin ningún tipo de prevención todo tipo de cosas explosivas: listas de ocurrencias hechas según sople el viento y se levante el ingenioso de turno, presupuestos participativos que se parecen al anuncio que dice nuestros sueños no son baratos, sugerencias circulares de campamentos de verano… Y a quien intente poner un poco de sentido común y de espíritu práctico, se le ningunea, se le anula, se le ignora...Ya lo decía Montesquieu: no existe tiranía peor que la ejercida a la sombra de las leyes y con apariencia de justicia. Y un día vamos a tener un disgusto, porque el invento va a explotar y mientras reparamos los daños puede colarse cualquier iluminado que se auto corone como el amo del mundo.




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